La importancia de enseñar a pensar
En una nota periodística se reflexionaba sobre por qué en Francia se insistía tanto en que los estudiantes dominaran conceptos y nociones de filosofía como felicidad, bondad, ley, el mal, materia y espíritu, existencia y tiempo, arte, conciencia, el otro, la sociedad, Dios, razón o el deber: nociones complejas y abstractas.
Más allá de la importancia de estos conceptos en la formación del ciudadano consciente, ilustrado y analítico, su comprensión es un poderoso medio pedagógico de “enseñar a pensar”, de formación de las competencias intelectuales de mayor nivel: conceptualización, abstracción, capacidad analítica y sintética. Las que deben constituir el objetivo principal de la educación, para todos los estudiantes, independientemente de sus características desiguales y diferentes de origen social y cultural.
Es necesario fortalecer estas competencias intelectuales generales para conformar el estándar y el modelo de una educación de calidad para todos, lo que además es un objetivo central de una sociedad democrática.
La igualdad social de oportunidades educativas empieza por el acceso con equidad a estas y se completa en el logro de una educación de calidad igual para todos, lo que requiere que todos los estudiantes hayan desarrollado plenamente sus competencias intelectuales generales.
La dominación política se sustenta en la dominación cultural, la que se facilita cuando la mayoría de la población ha recibido una educación de bajo nivel intelectual, lo cual remite al escenario clásico de la economía política, de la división social entre el trabajo intelectual y manual.
“Enseñar a pensar” es empoderar al individuo mediante las competencias intelectuales necesarias en cualquier ámbito de la vida, ya sea en la política, en las artes, la ciencia, la tecnología, las profesiones, la técnica. Y en el contexto de una larga duración de la vida laboral (de 30 o 40 años) durante la cual se presentan rápidos cambios en la economía, el trabajo, la estructura ocupacional, la cultura y, la ciencia y la tecnología.
Estos cambios exigen la capacidad de aprendizaje continuo, de recalificación, de adaptación creativa y de apertura de oportunidades, bajo el riesgo de obsolescencia, marginación y subempleo. Este empoderamiento generado por las competencias intelectuales generales representa una enorme ventaja comparativa respecto a aquellos que solo reciben una educación práctica, aplicada, instrumental, pobre en competencias intelectuales. Las grandes diferencias de ingresos y desempeño ocupacional, así como de estatus y poder, se manifiestan durante la larga vida laboral.
Referencia bibliográfica:
Gómez Campo, V. M. (2013). El docente y la profesión docente: su papel en la desigualdad social de educación de calidad. Revista colombiana de sociología, 36(2), 143.

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